El trabajo del sanador

Ser sanador es un trabajo raro. Implica mucho desgaste de energía. No es sencillo tener la sensibilidad ni la empatía para llegarle al punto de la persona que necesita hacer un cambio en su vida y sanar y además vivir su propia vida. Y cuando no le sabes es casi tan malo como cuando crees que le sabes.
Si uno se “alquila” para un tipo de trabajo debe estar de acuerdo con los riesgos y desventajas. No todo es obtener la recompensa económica.
Cuando un terapeuta se dispone a aprender sobre técnicas de curación alternativas o no convencionales, se acerca al universo en el que todo consiste en encontrar el camino a la autosanación y que a realizar siempre un trabajo artesanal.
Con la premisa de todos tenemos lo suficiente para sanar se comienza la aventura de discernir si la persona está haciendo cosas para obstaculizar la curación o se está enfrentando a cosas, de manera consciente o no, que suprimen su capacidad para autosanar.
Cuando planteas la exploración de hipótesis de esta manera consigues entender que todo trabajo debe ser artesanal, es decir, único. No existe manera de hacer protocolos que sirvan para todos y todos los casos. Los protocolos sirven de punto de partida. Pero una vez iniciado debemos tener la sensibilidad para hacer los cambios que las personas requieren.
Nada más triste para mi, en mi papel de instructor en el uso de diversos dispositivos de medicina alternativa, es el ver dispositivos siendo usados como herramientas de medicina convencional. Es ver terapeutas tratando de encuadrar, diagnosticar y medir los estilos de vida y cuantificar lo incuantificable.
Lamentable es ver un dispositivo tratando de hacer lo que un medicamento hace.
Conocer a fondo el trabajo que desempeñamos no sólo es una obligación para obtener los frutos ricos que cosechamos, tiene sus ventajas: hacer las cosas más sencillas y con el menor gasto de energía posible. Si te estás cansando mucho al final del día, puede ser que no sea lo tuyo o que no lo tengas tan dominado

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