Gran parte del trabajo de la terapia energética consiste en entrenar al cliente a vivir procesos más saludables, procesos que le brinden una mejor calidad de vida. Los errores en este tipo de intervenciones comúnmente ocurren cuando el practicante se aleja de esa meta.
Es un impulso cotidiano el que las personas quieran saber más sobre ellos, sobre lo que les duele o sienten que les está sucediendo fisiológicamente. A quien le duele la cabeza desea saber la razón, a quien le dieron un diagnóstico desea conocer como va su tratamiento, si sigue teniendo el virus o bacteria.
Para mi el problema es de lenguaje y de poder. De poder debido a que el cliente pregunta al practicante, le pide que use la sabiduría que le otorga manejar el computador que dirige al equipo. Lo coloca en el lugar del sabio. Eso puede ser gratificante para muchos practicantes. Sentir ese poder, esa admiración, suele encantar a algunos. Pero a otros les aterra.
Y con razones. El sistema no ha sido diseñado para dar respuesta en ese lenguaje. Nuestro lenguaje es el del estrés: adaptación, alarma, agotamiento. Podemos ayudar a hacer consciente algunos procesos. Podemos ayudar a hacer consciente la lucha interna contra algún virus o bacteria. Podemos relacionar la resonancia del cuerpo hacia una enfermedad o trastorno, definirla en un «se puede parecer a».
Al ayudar a encontrar esas respuestas podemos entrenar a nuestro cliente a realizar los cambios necesarios, a entrenar su cerebro, sus pensamientos, sus sentimientos a generar una respuesta inmune más eficiente, un estado de ánimo positivo, un ritmo cardíaco saludable, un camino neurológico y hormonal si «piedras» ni nada que estorbe.
En conclusión, concentrarse en metas que mejoren la calidad de vida es clave a la hora de definir el curso de una intervención con sistemas de medicina energética.